miércoles, 17 de marzo de 2021

Divorcio: la ruina de Occidente; una explicación desde los orígenes de este mal moderno.

Divorcio: la ruina de Occidente (una explicación desde los orígenes de este mal moderno). 
Por Lord Stob. 
 
EL DIVORCIO ES UNA ESTAFA. EL DIVORCIO ES LA DESTRUCCIÓN IRREPARABLE DE LA FAMILIA. 

 
 
Revolución masónica “científica”: el origen de la democracia moderna. 
 
            Una de las piedras angulares de la agenda mundialista es la destrucción de la familia, así como el vaciado espiritual del hombre. Por eso, podemos afirmar que la agenda mundialista del actual (((Nuevo Orden Mundial))), comenzó ya desde el siglo XVI con Nicolás Copérnico y el heliocentrismo. De hecho, el brujo Giordano Bruno (1548-1600), fue uno de sus grandes impulsores; hace cierto tiempo leí su libro “Sobre el infinito universo y los mundos”, donde como dice el título alegaba que el universo es infinito, que por ejemplo, los planetas son todos mundos como la Tierra (o similares) que giran alrededor del Sol. Según Bruno, él argumentaba a través de sus personajes como Burquio que “no es posible que este infinito sea entendido por mi cabeza ni digerido por mi estómago”; y luego, agregaba con su personaje Filoteo: “no hay sentido que vea el infinito, no hay sentido de quien se pueda exigir esta conclusión, porque el infinito no puede ser objeto de los sentidos, y, en consecuencia, quien pretende conocerlo por medio de los sentidos es semejante a quien quisiera ver con los ojos en la substancia y la esencia, y quien negase por eso la cosa por cuanto no es sensible o visible, llegaría a negar la propia substancia y ser.” Y así continúan sus argumentos; debo aclarar que la obra de Bruno, si mal lo recuerdo, está en el Index Librorum Prohibitorum, del cual los católicos no debemos leerlos, al menos que sea para refutarlos, como yo lo hago. Si cualquier católico cree que puede refutar a Bruno, entonces me parece positivo que lo lea y lo refute, porque así queda muy en claro cómo derribar sus argumentos falaces. 
            He puesto pues esa cita de Bruno como muestra de lo qué significa la (((ciencia))) moderna en su esencia más profunda. Giordano Bruno alega que no debemos confiar en nuestros sentidos para entender el infinito, y claro, es lógico, ya que nuestros sentidos tienen límites, es imposible para nosotros comprender el infinito; pero el problema aquí es que para Bruno el universo es infinito. ¿Y quién es en verdad infinito sino Dios? Es decir, que Bruno ¡está diciendo que el universo es Dios! Giordano Bruno es un pagano panteísta; y esto quiero que quede bien en claro, porque esto es la causa primera de toda la decadencia actual que vivimos en Occidente; y es que la “ciencia” modernista ha sustituido a Dios por el hombre. Lo que en tiempos contemporáneos declaró el mugroso de Stephen Hawkins, en su obra “Breve historia del tiempo”, en realidad no es más que una actualización de las falsas doctrinas que ya adelantaban personas como Bruno, Copérnico y compañía (Galileo también las sostuvo por un tiempo, pero luego se arrepintió y se pasó a nuestro bando católico). 
            Es decir que, en el fondo, si uno analiza de forma cautelosa todo el panorama, comprenderemos que la esencia de la doctrina “científica” (o pretendidamente científica) moderna, es la creencia pagana en el panteísmo, esto es, “el universo es Dios”. Pero nosotros los católicos sabemos que el universo no es Dios, sino que el universo fue creado por Dios y Dios está por encima del universo. Por ende, el universo no es infinito; el universo es finito: tiene principio, tiene fin y tiene confines. ¡Es Dios quien es infinito! Es Dios quien no tiene principio ni final. ¡Esa es la realidad! 
            Por ende, siendo Bruno, Copérnico, Newton, entre otros, la base de todo el pensamiento “científico” moderno; ahí encontramos pues, la raíz del problema de la decadencia actual en que vive Occidente. Una vez que, las ideas pretendidamente “científicas” (en realidad, paganas) comenzaron a difundirse, también no tardó tiempo para que surgiera el protestantismo (anglicanismo, luteranismo, calvinismo, episcopalismo, etcétera), puesto que la chispa subversiva contra la soberanía de Dios ya estaba comenzando a carcomer el alma de la mentalidad occidental. 
            Esa “revolución científica” del siglo XVI fue el comienzo de la decadencia paulatina y continuada de nuestra civilización occidental. Supongo que lo único positivo que nos trajo esa cadena de hechos, fue la revolución industrial, aunque me imagino que la misma era inevitable y no tiene ninguna relación con los presuntos “descubrimientos” de la (((ciencia))). De hecho, el desarrollo tecnológico no se relaciona linealmente con el desarrollo científico, sino con la economía: a mejor economía, habrá mayor tecnología. Y como la economía fue mejorando en esos siglos de forma progresiva, entonces supongo que esa es la verdadera explicación para las innovaciones tecnológicas. Pero tristemente, esas innovaciones tecnológicas no fueron juntas de una mejoría en el ámbito espiritual y moral; al contrario, pareciera que, a mayor tecnología, el vaciado espiritual del hombre se vio cada vez más profundizado; así que yo mismo puedo poner en dudas si realmente esa revolución industrial fue del todo positiva. 
            Lo que sí es cierto, es que la revolución heliocéntrica trajo como consecuencia el iluminismo, dirigido por la masonería especulativa, la cual derivó en las revoluciones políticas, siendo la “revolución francesa”, la mayor de ellas, y también tenemos las “independencias” americanas. Pero dichas revoluciones políticas no pudieron haberse llevado a cabo, sin que primero se hubieran esparcido las ideas masónicas e iluministas (“ilustradas”) de la “revolución científica” o heliocéntrica. Así se desarrollaron las ideas liberales del liberalismo clásico, que como mencioné, fueron muy positivas para la economía, pero no así para la moral. Los liberales cayeron en su propia trampa de pensar que con el republicanismo e ir en contra de las monarquías, los derechos de las personas serían asegurados, y se equivocaron completamente. Hans-Hermann Hoppe ha indicado que la monarquía—si bien no era perfecto—era muchísimo más preferible a la democracia, ya que aquella se basaba en el derecho privado y ésta, en el derecho público; por ende, con el advenimiento de la democracia, todo pasó a estar en manos del Estado. Por eso, nosotros los tradicionalistas y a la vez libertarios, decimos que fue la revolución francesa—y esas otras revoluciones políticas—las que crearon el concepto de Estado moderno. Antes no existían verdaderos estados, sino principados cristianos basados en el derecho privado; llamémosles “proto-estados”, porque es verdad que el rey mandaba y cobraba algunos impuestos. Sin embargo, esos pocos impuestos que cobraba el rey, se vieron inmensamente incrementados cuando Occidente se comenzó a infestar de repúblicas liberales, y por ello, el Estado liberal clásico terminó derivando en el Estado socialista, que es básicamente el tipo de Estado actual en todo Occidente. Si bien, hubo una pugna en el siglo pasado, entre el modelo liberal clásico y el modelo socialista, al final, por más que la Unión Soviética haya “caído” en 1991, triunfó el modelo socialista, porque en Occidente mismo, todas las viejas repúblicas liberales de estilo clásico, fueron reconvertidas en repúblicas socialdemócratas. Por eso, tiene mucha razón Hans-Hermann Hoppe, cuando indica que, en realidad, democracia es un eufemismo para decir socialismo, y el socialismo ya sabemos lo que es: muerte, robo, desgracia. 
            Además, al pasar el tiempo, desde el siglo XVIII cuando surgió el liberalismo clásico—hijo del iluminismo masónico de los “científicos” brujos como Bruno—hasta actualmente en pleno siglo XXI, hemos visto una deriva doctrinaria de cómo cada vez más el Estado fue incrementando su poder e influencia, hasta volverse totalitario. Hoy, la democracia progresista o socialdemócrata, es lisa y llanamente, un régimen totalitario, donde los derechos individuales son aplastados, y por eso es que estamos como estamos: la culpa inicial fue de habernos tragado las patrañas masónicas de la “ciencia”, pues el heliocentrismo derivó en relativismo y acentrismo; eso, se mancomunó con el darwinismo y el evolucionismo en general, y así se fueron formando los pilares de los paradigmas científicos actuales. En otras palabras: heliocentrismo, relativismo, evolucionismo y demoliberalismo (socialismo), son los pilares de la (anti-) civilización occidental moderna. Antes, nuestros pilares eran otros: la fe cristiana y la tradición grecorromana; en otras palabras, la verdadera esencia de Occidente son los antiguos griegos, antiguos romanos y los cristianos católicos. Por ende, la “ciencia” masónica es un infiltrado foráneo, el cual infectó a nuestra civilización y se esparció como un virus, como una enfermedad hasta que llegamos al punto en que nos encontramos ahora: una sociedad completamente degenerada, repleta de aborto, anticoncepción, divorcio, feminismo, homosexualismo, inmigracionismo, alcoholismo, drogas, ludopatía, prostitución, delincuencia, etcétera. Eso no es culpa sólo de los “progres” de la década de 1960; los progresistas no surgieron en 1960 con los jipis y con el Conciliábulo Vaticano II, sino que vienen desde muy antiguo (la Hermandad Babilónica), desde tiempos inmemoriales (la Serpiente Antigua), y desde el siglo XVI aproximadamente, han ido realizando una serie de revoluciones y procesos paulatinos para tomar el poder absoluto; hoy en día, ese poder absoluto, es el Estado de “bienestar” socialdemócrata o progresista, y también, el Estado global de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). 
            Pudo haber liberales clásicos bien intencionados que pensaron ingenuamente que con el republicanismo se librarían del poder del rey, y podrían obtener mayor libertad individual. Pero fue al contrario, al quitarle el poder al rey y dárselo al “pueblo” (en realidad, ciertos grupitos de presión), surgió un Estado omnímodo que terminó por llevarse todo el poder, y por ende, era mil veces muchísimo más preferible estar bajo el yugo de un rey, que estar bajo el yugo del Estado moderno, Estado además, cuyo verdadero rostro, no conocemos, ya que los presidentes son sólo títeres que nos estafan cada cuatro o cinco años (según cada país), pero por detrás de ellos, están los poderes fácticos del (((globalismo))). Por lo menos cuando había rey, teníamos alguien en concreto a quien insultar y criticar; ahora bajo la democracia, parecería que “la culpa es de todos” … Una abstracción, para disfrazar los poderes fácticos ocultos. 
 
El Estado moderno: la raíz de la decadencia y degeneración moral de Occidente. 
 
            Gracias a ese error liberal, por medio de la democracia pues, surgieron los estafadores profesionales, es decir, los políticos. Pero además, son estafadores profesionales con patente, es decir, con el permiso expreso del Estado para engañar a la gente a través de promesas, para luego llegar al poder y robarle a las personas con impuestos. Pero no contentos con robarles a las personas con impuestos, los políticos—ya gobernantes—se dedican a redactar y publicar “leyes” falsas, para cumplir con ciertas (((agendas))) …  Por eso yo siempre pienso que es peor cuando los políticos cumplen sus promesas de campaña, ya que, por lo general, los políticos son izquierdistas y los izquierdistas siempre traerán en su agenda, nuevas “leyes” que serán más restrictivas para las libertades individuales, a través de los llamados “derechos positivos”.  Estos son los tipos de “derechos” en los cuales es necesario quitarles derechos a las demás personas, en contraposición de los derechos negativos, que son los verdaderos derechos individuales: vida, libertad y propiedad. 
            Así entonces, la política democrática general en Occidente, tenderá cada vez más a desplazar la ventana de Overton hacia la Izquierda; y como he explicado en varias ocasiones: antes de que una nueva “ley” izquierdista sea aprobada, los conservadores del status quo (conservadores accidentales y no en esencia) alzarán su grito en el cielo en contra de ella; pero una vez aprobada, bajarán los brazos y se callarán la boca, porque supuestamente “así el pueblo lo decidió” (en realidad, así la democracia lo decidió). Es decir, que quienes son buenos, bajan los brazos, y así, dejan que el mal avance. Los conservadores verdaderos, debemos ser conservadores en la esencia, es decir, tradicionalistas. 
            Por ese mecanismo de desplazamiento hacia la siniestra, fue que se aprobó el divorcio por ejemplo en Uruguay. Aquí se hizo en el marco del batllismo; éste es socialismo uruguayo, es decir, que el Estado estatizó los medios de producción principales y promovió el Estado de “bienestar”, haciendo que por ejemplo, la salud y la educación queden en manos del Estado, lo que se traduce en dos cosas: más impuestos (más recaudación para el Estado, más robo hacia las personas individuales) y tener a las personas en sus manos, ya sea con la salud (el Estado “te cuida” y puede hacer lo que quiera con tu cuerpo; por eso, obliga a vacunarse a los niños) o con la educación, en la cual el Estado secuestra a tus hijos, para adoctrinarlo en su ideología. En el caso de Uruguay esa ideología educativa del Estado, son lo que ellos llaman como “principios” varelianos: la escuela laica, gratuita y obligatoria. “Laica” significa en verdad que es laicista y que básicamente la “religión católica es una porquería”, “que los conquistadores españoles fueron unos asesinos de indios” (cosa que sabemos que es mentira: en el caso de Uruguay, fueron los liberales colorados quienes mataron a los charrúas), “que el hombre viene del mono” y así sucesivamente. Por ejemplo, veamos qué está detrás de las enseñanzas de la escuela del Estado: si a ti te dicen que vives en un planeta bola que gira alrededor del Sol, a velocidades impresionantes, pero que no se pueden sentir gracias a la magia newtoniana de la gravedad (jamás explicada hasta ahora, y jamás demostrada hasta ahora; por favor, ten presente ese dato); y que ese Sol es sólo uno de millones de “soles”, que giran alrededor del centro de la Vía Láctea, y que nuestra galaxia es sólo una entre miles de millones; y luego te agregan la “enseñanza” de que el universo tiene miles de millones de años, y que surgió de la nada, y por azar; y que el surgimiento de la vida es por azar, y que el ADN, y que el átomo, y que los dinosaurios, y que no sé cuántos cuentos fantasiosos más; y luego agregan que derivas de un mono (o “de un ancestro común con el mono”, ¡es lo mismo!), y que todo fue por azar, porque sí no más, sin ningún motivo, sin ningún sentido. ¿Cuál es la enseñanza de fondo de todo esto, sino decirte que tu vida no vale nada, que eres completamente insignificante, y que, por ende, no te queda otra que callarte la boca, arrodillarte y obedecer al Estado? 
            Todo el objetivo máximo de la educación estatal es el vaciado espiritual del hombre, y ese vaciado es necesario, para que el hombre abrace la religión del Estado, en otras palabras, para que el hombre alabe al “dios-César-Estado”. Por eso nos quieren a toda costa alejar de la religión cristiana: porque necesitan que el hombre “no crea en nada”, para que luego “crea en el Estado” (la religión de la democracia); éste necesita ser todo el tiempo alabado, y por eso ya desde niños, nos inculcan en Uruguay el batllismo y el amor a la democracia, junto con todo ese bodrio falso pseudocientífico del evolucionismo, heliocentrismo y por supuesto, toda la falsificación de la historia, donde los “héroes” de ellos son masones que odiaban a la Iglesia, para forjar su Estado global totalitario. 
            Así entonces, la “educación” pública no pasa de adoctrinamiento. Yo les digo a todos los niños que leen esto (si hay alguno que, por casualidad, llega a leerlo): no crean en nada de lo que le enseñan en la escuela vareliana y batllista de Uruguay; son puras mentiras y en muchos casos, estupideces. Tonterías que, de hecho, ni siquiera sirven nada para la vida: lo único que te dicen de cierto y que no pueden falsificar es la lógica y la matemática (ciencias formales); lo demás, es todo falsificable (ciencias naturales y mucho más aún, las “ciencias sociales”). Vivimos en el Occidente actual, bajo un paradigma, bajo una religión mundialista que está construida en base a mentiras, y no son más que mentiras sobre mentiras, falacias sobre falacias. ¿Por qué crees que engañan a la gente con un virus de fantasía como el Sars-Cov-2-Covid-19? ¿Por qué fue tan fácil engañar a todos con esa pandemia imaginaria? Porque ya van muchas generaciones cada vez más adoctrinadas con las mentiras del Estado; pero además, cuando las personas son adoctrinadas en falsedades y ellas abrazan esas doctrinas, terminan degenerándose. Y eso es lo que precisamente desea el Estado: degenerar a la sociedad, degenerar a las personas; que las personas abandonen todos sus principios morales y se vuelvan un completo esclavo para el dios-Estado. 
            Por eso llegamos finalmente al asunto en cuestión de este opúsculo: el divorcio. El divorcio es un pilar fundamental en la decadencia actual de Occidente; si no existiera el divorcio, no hubiera sido posible que llegásemos a este punto de brutal degeneración en la cual vivimos hoy en día. Sospecho también que, si no existiera el divorcio, las personas serían más críticas y no se hubieran tragado tan fácilmente el fraude del Covid-19. 
 
Divorciado y con tu familia destruida, te quiere el dios-Estado. 
 
            El divorcio es la separación “legal” de un matrimonio; pero esto trae severas consecuencias que son irreparables. El divorcio no es pues, sólo que una pareja de cónyuges se separe, sino que representa la destrucción de la familia, incluso en el caso de que esos cónyuges aún no tuvieran hijos. 
            En el caso de que una pareja de casados, tenga hijos y se divorcie, no importa la basura de mentiras que digan los “expertos” del oficialismo estatista-mundialista (llámense “psicólogos”, “sociólogos” o lo que sea): esos niños o incluso hijos adultos, quedarán traumatizados y estigmatizados de por vida; una mujer divorciada, será una mujer estigmatizada de por vida; un varón divorciado, también será un hombre estigmatizado de por vida. No importa que después se “vuelvan a casar” con otras parejas: el daño está hecho y es irreparable; una vez que alguien se divorcia, queda como un “divorciado” de por vida. No importa cuánto esfuerzo haga el Estado totalitario, para intentar podrirle el cerebro a la sociedad, de que “el divorcio es algo normal” y que “no tiene nada de malo”. Sí, el divorcio es una completa basura e inmundicia, ¡el divorcio es pésimo! 
            Pero, ¿cuán malo es el divorcio y por qué es tan grave? Diré con todas las letras: divorciarse es peor que matar; porque si bien el Quinto Mandamiento nos dice que no debemos matar a otro ser humano, la doctrina cristiana enseña que ciertamente existen excepciones, siendo la mayor, la legítima defensa. También se puede matar bajo el instituto de la pena capital o la extensión de la legítima defensa, que es cuando uno está participando en una guerra por la justicia (como las Cruzadas). Esas son excepciones a la ley cristiana de “no matarás”, por las cuales matar no tiene nada de malo (no digo que sea algo agradable hacerlo, pero sí, necesario). 
            Sin embargo, no existe absolutamente ninguna razón que justifique un divorcio; sí se puede justificar un homicidio, pero nunca puede justificarse un divorcio; no importa que tu cónyuge te cometa adulterio, no importa que te hable mal o trate mal, no importa que te golpeé, no importa incluso que te intente matar, nada, nada, nada, reitero, nada, ¡absolutamente nada justifica un divorcio! Porque el matrimonio en Occidente—para nuestra cultura occidental y cristiana—no es un simple contrato que se puede revocar, sino que es un sacramento: el matrimonio significa dar tu palabra de honor, ante Dios Todopoderoso (el Creador), de que vas a estar con otra persona hasta el final de la vida de uno de los dos, pase lo que pase. No importa que tu cónyuge se vuelva malo o insoportable; nadie te obligó a casarte en primer lugar, tú lo decidiste, y tú cónyuge también; ambos quisieron casarse y dieron su palabra de honor, que estarían juntos hasta el final, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe. Punto. No hay más nada que argumentar. No existe ningún argumento válido sobre la faz de la Tierra, que pueda justificar para nuestra civilización occidental—basada en el cristianismo—lo aberrante y antijurídico del divorcio. 
            Por supuesto, yo sé que dirán que el matrimonio válido en Uruguay, por ejemplo, en verdad es el matrimonio civil y que, para el Estado uruguayo, el matrimonio canónico católico carece de valor civil real; pero eso no importa: el “derecho” del Estado debe ser obviado, porque nuestra civilización es la cristiana y occidental; y como demostré precedentemente, las “leyes” las hacen los políticos, quienes son estafadores profesionales. En realidad, mientras que en el Antiguo Régimen (la monarquía), los reyes eran simples jueces que hacían cumplir las leyes, en este Nuevo Régimen (el del Estado), los diputados y senadores son legisladores, quienes crean “leyes” a su antojo. ¿Qué sucede aquí? Antes, las leyes provenían directamente de Dios y de la naturaleza; mientras que ahora, las “leyes” dependen de las modas y caprichos populares, pero ¡atención!, esas modas y caprichos populares, ni siquiera son espontáneos del pueblo. ¡Para nada! Son directamente manipulados por el propio Estado, a través de la educación. Fíjese usted qué “extraño” que al poco tiempo de haberse instituido la educación vareliana (y laicista), surgió el feminismo y luego las mujeres comenzaron a pedir que se “legalizara” el divorcio. 
            El divorcio en Occidente, es un invento del feminismo, y como he escrito y demostrado varias veces, el feminismo no busca promover los “derechos de la mujer”, sino en convertir a la mujer en esclava del dios-Estado: separa a la mujer de su marido y su familia, y la pone al servicio del Estado; le dice a la mujer: “no obedezcas a tu marido, obedéceme a mí, tu Papá Estado”. Por eso, el viejo Batlle y Ordóñez en Uruguay, instauró el divorcio por la sola voluntad de la mujer. Ya ni siquiera fue divorcio por causal (riñas, golpes, adulterio), sino que los divorcios actuales son sólo porque sí, y en la mayoría de los casos, porque la mujer simplemente se aburrió de su marido y quiso divorciarse. Muchas veces usan el argumento sentimentaloide de que “se terminó el amor”; eso es una completa idiotez, porque el amor conyugal de un matrimonio tiene varias fases: el enamoramiento, que es una fase inicial y dura poco tiempo; y el amor de convivencia, que es el duradero y es el verdadero amor de pareja, el cual nunca termina; puede tener crisis, por supuesto, pero no final. 
            Ahora bien, voy a indicar una diferencia importante entre el divorcio occidental y el divorcio oriental de los musulmanes y judíos, por ejemplo; así como también la diferencia entre ambos tipos de matrimonio. Hay dos diferencias fundamentales: la primera es que, para los judíos y musulmanes, el matrimonio es un simple contrato y por ende, se puede disolver, por una causal y por medio de un juez; pero para Occidente, para la religión católica, el matrimonio es un contrato irrevocable, porque a la vez es un sacramento: es un juramento de honor, ante Dios Todopoderoso, de que pase lo que pase, estarás hasta el final de tu vida con esa persona. 
            La segunda diferencia sustancial, es que, para los judíos y musulmanes, el divorcio se produce mayormente por la voluntad del varón, porque éste se aburrió de su mujer, no la aguanta más y la rechaza. Bajo ese régimen, las mujeres tienen que esforzarse para no fastidiar a su marido, pues lo peor que le podría pasar es que aquél la rechazara y ella terminase divorciada. En cambio, en Occidente, el divorcio “legal”, es generalmente por la voluntad de la mujer o por iniciativa de ella. Y así, es el marido quien tiene que esforzarse porque su mujer no se enoje con él y se vaya. Pero sucede que en Occidente para el varón divorciado es mucho peor de lo que sucede en el mundo islámico con la mujer repudiada (para el islam, si una mujer se divorcia, se va con lo que vino, y los hijos quedan con el padre, como es lo más lógico y correcto): en Occidente un varón divorciado (que no importa que él no haya querido divorciarse, porque va la mujer y lo denuncia a un juez y el juez los divorcia, aún en contra de la voluntad del marido), pierde todo: pierde su mujer, pierde la “mitad” (más grande) de su patrimonio, pierde sus hijos y todavía tiene que pagarle “pensiones” a su mujer divorciada, la cual supuestamente si se separó, por lógica, no debería tener nada más que ver con él. Incluso, si la mujer lo desea, no sólo se puede quedar con sus hijos, sino que puede impedirle completamente que los vea, ya que lo puede denunciar falsamente por abuso físico o sexual a sus hijos. En efecto, un varón divorciado en Occidente, me imagino que sufre mucho más que una mujer divorciada en el islam. Después de todo, los exmaridos sarracenos no son tan malos como para no dejarles a sus exesposas, ver a sus propios hijos; pero las mujeres occidentales no tendrán pudor en vedarle a sus exmaridos ver a sus propios hijos. 
            Es decir que, en otras palabras, el sistema de divorcio occidental, funciona a modo de perfecta estafa: una mujer se casa con un varón, conviven un tiempo en comunión de bienes, tienen hijos juntos, y un día, resulta que la mujer se le da el capricho de divorciarse, y su marido dice que no quiere porque los problemas de pareja se deben resolver en conjunto; pero entonces, a esa mujer no le importa nada y acude a un juez (seguramente a una jueza), y contrata un abogado (seguramente una abogada), y dice que quiere divorciarse por su sola voluntad. Entonces, la abogada habla con la jueza y la convence fácil, y cuando el marido se percata, le llega una notificación de un juicio y que, sin importar su opinión, quedará divorciado y punto. Entonces el varón intenta quedarse con sus cosas, pero como se casó en comunión de bienes, la mujer le roba la mitad; luego, le quita también sus hijos, y por si fuera poco, denuncia falsamente que su marido era golpeador, que era violento, borracho, ludópata y que le cometía adulterio, y que por ende, no puede ver más a sus hijos; y entonces, la jueza feminista, accede; y para colmo, el exmarido debe además pagarle una pensión supuestamente para sus hijos, cuyo dinero en realidad va todo para la mujer, para que pueda gastarlo en idioteces. Así pues, el exmarido fue completamente estafado: se quedó sin mujer, sin dinero, sin casa, sin hijos, sin nada. Claro, porque generalmente las mujeres divorcistas feministas, también le roban la propia casa del exmarido. Y además, por si todo esto fuera poco, ¿qué nos asegura de que esa mujer no vaya a querer luego estafar a otro varón? 
            En tiempos más pretéritos, esa mujer quedaría marcada por la sociedad como una odiosa divorciada y ningún hombre querría acercársele, pero actualmente—más allá de que como dije al principio, en el fondo, la estigmatización siempre estaría ahí latente—el Estado a través de sus medios de comunicación, ya ha hecho suficiente propaganda (lavado de cerebro masivo), de que “esa mujer no hizo nada de malo” (y se inventarán excusas de que el “marido esto” o el “marido aquello”; en definitiva, toda la carga de responsabilidad sobre el fracaso de un matrimonio, siempre recaerá en el varón, para la sociedad actual estatista) y de que “tiene derecho a rehacer su vida” y que “tiene derecho a ser feliz”. Pero esas frases son falacias muy fáciles de desmontarla: en primer lugar, esa mujer sí hizo algo pésimo, pues no cumplió con su palabra de estar junto a su marido, de por vida; en segundo lugar, esa frase idiota de “rehacer” una vida es un sinsentido, pues la vida de cada uno comienza con nuestra concepción y finaliza con nuestra muerte, por lo cual, es una mentira total eso de “empezar de cero”; es pura basura pseudoargumentativa: la vida común (antes de la eterna) es única y lineal, lo que significa que lo hecho, hecho está y no se puede volver atrás. Uno puede sí, intentar rectificar errores; pero los errores ya cometidos en el pasado, se quedan en el pasado y no se borran jamás. Por ende, no, ¡no tienes derecho a rehacer tu vida!, porque tu vida la estás viviendo y con cada acción que tomas, estás escribiendo el libro de tu vida con tinta imborrable. Y en tercer lugar, si bien es cierto que todos tenemos derecho a ser feliz, es una completa falacia aseverar que para alcanzar la felicidad se necesita de una pareja; si eso fuera cierto, entonces significaría que todas las personas célibes (muchas de las cuales ni siquiera tienen interés mínimo en formar pareja; generalmente sacerdotes, monjes, etcétera), son personas infelices; lo cual es una mentira y un absurdo. Cada uno de nosotros somos individuos únicos, y la única forma de ser felices es con nosotros mismos (y con Dios, por supuesto). Además, es una tontería creer que se puede vivir una vida—todo el tiempo—repleta de felicidad; cuando en verdad, la vida posee momentos tristes, felices y lo que yo llamo el “estado basal” o normal. 
            En mi caso en particular, por ejemplo, la gran mayoría de mi vida es estado basal, los cuales son normales: ni negativos ni excesivamente positivos. Podría decirse que yo soy mayormente feliz, quizás según las definiciones de la generalidad de las personas, ya que yo casi siempre me encuentro en un estado basal de felicidad, una felicidad normal; aunque a veces, tengo momentos muy felices, y otras veces momentos bastante tristes, si bien confieso que nunca tuve momentos excesivamente tristes. Así que en conclusión mi vida es normal o feliz (de acuerdo con la definición). Y por las personas que yo he conocido, con las cuales me he relacionado, comenzando por familiares y siguiendo por parientes, amigos y conocidos, me he dado cuenta—por lo menos desde lo que he podido percatar—que, en verdad, la mayoría de las personas se encuentran en estado basal de felicidad; es decir, están normales, ni excesivamente felices ni tristes. Y eso me parece a mí que es lo más lógico. 
            Esto que yo le he podido comprobar y pienso que cualquier puede darse cuenta de ello, nos indica que, en realidad, es una completa farsa eso de que un divorciado tiene “derecho a ser feliz”; en primer lugar, ¡tiene la obligación de cumplir con su palabra! Todos nosotros tenemos obligaciones antes que venir exigiendo derechos que no son tales; pues en efecto, nos encontramos ante otro caso de “derecho” positivo, ya que, para obtener tu supuesta felicidad, le arruinas la vida de alguien más, violando el principio de no-agresión. Es decir, si una mujer necesita divorciarse para supuestamente ser “feliz”, está reivindicando un “derecho” positivo (por ende, falso derecho), porque le está queriendo arruinar la vida a otra persona; en este caso, su marido. Pero claro, todo eso está incentivado por parte del Estado, porque al fin y al cabo, es el Estado a través de sus jueces (y juezas), quien permite y promociona que las personas se divorcien, porque así, el Estado destruye a la familia. ¿Y qué obtiene el Estado con la destrucción de la familia?, es decir, ¿en qué beneficia al dios-Estado que la familia se disuelva, riñe entre sí y haya siempre desarmonía? 
            El beneficio mayor que obtiene el Estado de todo esto, es que se gana más lealtades; es decir, si una mujer, por ejemplo, deja de ser leal a su marido, pasa automáticamente a serle más leal al Estado, porque—como ya he explicado—la mujer por naturaleza, siempre tiende a obedecer, seguir y servir, a aquel que le parezca más fuerte. ¿Y quién más fuerte que un marido o un padre, sino un poderoso Estado que tiene el monopolio de la fuerza y de la violencia? La mujer por naturaleza, se ve atraída hacia el Estado, cuando éste se vuelve tan fuerte, poderoso y omnímodo que tiene la potestad para intervenir en la vida privada de las personas; y así, el Estado promociona el feminismo para “liberar” a la mujer; y claro, la libera de su marido, pero la esclaviza para él. Y como detrás del Estado está la sinarquía y cleptocorporatocracia mundialista (léase Soros, Rockefeller y Rothschild), entonces cuando una mujer se libera del yugo amoroso de su familia, pasa a ser esclava subyugada por el Estado nacional y global (bajo la égida del Triple Paréntesis, claro está). 
            Así entonces, el mundialismo y el Estado necesitan del feminismo, y éste del instituto del divorcio, porque así se aseguran que el individuo humano, se desligue de una asociación natural como lo es la familia. En realidad, las familias son como pequeños mini estados, instituciones que compiten con el poder monopólico del Estado (así como lo son las micronaciones o congregaciones políticas voluntarias que nosotros los anarcocapitalistas proponemos), y el Estado desea tener todo el poder absoluto; por eso es que él horada la familia, generando discordias en la misma; pues el Estado no sólo se limita a “legalizar” el divorcio, sino que el Estado promueve todas las causales que lo generan. Promueve con el feminismo la falacia de que “la mujer no debe obedecer a su marido” (ni tampoco a su padre); porque así, la mujer individualmente deberá sólo obedecer al Estado y rendirle cuentas al Estado (¿notan aquí como el Estado desea ser obedecido y alabado todo el tiempo como si fuera un dios?), y crea un ambiente hostil de falso enfrentamiento entre el varón y la mujer. Como lo he expresado en reiteradas ocasiones, la base de la Izquierda es crear enfrentamiento entre diversos sectores de la sociedad, bajo una óptica de “dominantes” y “dominados”. Así, la envidia, el odio y el resentimiento, constituyen la base de todo pensamiento socialista; por ende, sus dicotomías enfrentadas de dominantes y dominados son, por ejemplo: empleador versus empleado, ricos versus pobres, blancos versus negros, varones versus mujeres, heterosexuales versus homosexuales, etcétera. El esquema básico es siempre el mismo. 
            Así, el Estado progresista realiza una guerra de sexos ideológica entre varón y mujer; se inventa un enfrentamiento que por naturaleza no existe, porque en la naturaleza sólo hay complementariedad, equilibrio y armonía. Entonces el Estado genera un conflicto artificial y así, crea al feminismo, como una pretendida respuesta ante una falsa “hegemonía” anterior de un supuesto “machismo”. Entonces, el feminismo señala como sus enemigos a los “machistas”; del mismo modo que con el marxismo común, los socialistas señalan como a sus enemigos a los “capitalistas burgueses”. Es siempre la misma táctica protocolaria del mundialismo (es decir, del sionismo; me refiero a los Protocolos de los Sabios de Sión), del “divide y vencerás”. Así pues, el Estado genera e incentiva la gran farsa de la violencia doméstica, es decir, que el varón golpeé a su mujer. 
            En realidad, el Estado y su esbirro el feminismo realizan una simplificación: “el varón es violento y la mujer es violentada”. Es la misma simplificación que hace el socialismo entre ricos y pobres; aquellos “malos” y estos “buenos”; aquellos “opresores”, estos “oprimidos”. Y así este esquema falso se repite hasta la náusea, en todos los ámbitos de la vida social. Por eso es que por ejemplo en la prensa (alcahueta del Estado), nunca escuchamos casos de violencia contra el varón, sino que la violencia según ellos, es siempre contra la mujer. Pero la realidad, como ya he dicho varias veces, es que infelizmente, la violencia es algo bastante universal en el ser humano; y pienso que gran culpa de ello, lo tiene precisamente el Estado: él mismo, es quien incentiva la delincuencia. Si nadie robara, matara, violara o estafara, entonces, ¿cómo el Estado podría justificar mayor represión policial y judicial? No, el Estado siempre tiende a hacer mayor cantidad de “leyes” y a aumentar su poder, al tiempo que la criminalidad va en aumento. ¿No se supone que debería disminuir la criminalidad si según su propia tesis, con mayores controles, el crimen se evitaría más? Pues eso no sucede; lo que ocurre es que, a mayor poder del Estado, hay todavía más crimen; y eso es porque el Estado se alimenta del crimen, porque si no, el policía no podría encarcelar a ningún ladrón. Es el típico juego del policía y del ladrón: sin ladrón, el Estado (el mayor ladrón de todos), no te puede estafar. Así entonces, el ladrón le hace un gran favor al Estado; lo mismo con el asesino, el estafador, el violador, el borracho público, el marido golpeador, etcétera. 
            Y por supuesto, claro que existen algunos casos de maridos golpeadores; pero eso es precisamente también incentivado por el Estado, a través del alcoholismo y las drogas, y también a través de sus políticas intervencionistas en la economía, con sus políticas sociales (además de la propia guerra de sexos, promocionada por el Estado). Toda “ayuda social” por parte del Estado, significa que el Estado te está diciendo que, al ser pobre, vives de arriba recibiendo subsidios, no trabajas y tienes tiempo para ir a emborracharte y consumir drogas; así se te atrofian neuronas y después te vuelves violento y le golpeas a tu mujer. El Estado le encanta que eso suceda, porque así puede hacer más propaganda sobre su estereotipo falso del “varón violento y golpeador de mujeres inocentes”; puesto que más allá de que la mayoría de los varones somos mansos y amables con las mujeres, basta que haya unos pocos violentos, para que el Estado—vía el feminismo—etiquete a todos los varones como unos malditos golpeadores. Si habrán notado, es exactamente la misma clase de propaganda que sucede cuando se insultan a los conservadores, tercerposicionistas, “nazis”, “odiadores”, etcétera: que las feministas profanen iglesias, es “libertad de expresión”; que antifas ataquen propiedad privada como comercios es “libertad de expresión”; pero que un “nazi” diga la verdad, es “delito de odio”. 
            Así pues, de esa forma, ya sea permitiendo y promocionando el divorcio o promocionando las causales que llevan al divorcio, es que el Estado nos quiere a todos divorciados y con la familia bien destruida. Pues si la familia es la base de la sociedad, y el matrimonio es la base de la familia, y el matrimonio sirve para la reproducción y para la educación de los hijos, y el Estado ataca todo ello, en sus distintos niveles; así es como el Estado se asegura e incrementa cada vez más y más su poder. Porque si una familia es destruida por el divorcio, eso es motivo de gozo y júbilo para el dios-Estado; cuántas más familias sean arrasadas por el flagelo del divorcio, cuando más mujeres se vuelvan feministas odiosas y estafadoras de varones, cuantos más hijos sean separados de sus padres (para que los secuestre la escuela, ¡recuérdalo!), cuántos más personas así se vuelquen al adulterio, al alcohol y a las drogas (porque se deprimen porque ellos mismos se divorciaron o porque sus padres se divorciaron), o directamente, cuánto más el instituto del matrimonio canónico católico sea denigrado, denostado y atacado (e incluso el propio matrimonio natural o común), y así más gente ya ni siquiera se tome la molestia de casarse (o sea que en la mayoría de los casos, se entregan a la fornicación y “uniones libres”); ¡tanto mejor será para el dios-Estado! 
            Así si usted lector, se divorcia, ya sabe; le está dando poder al Estado. Si usted es mujer y no quiere obedecer a un marido, quien la amará, protegerá y cuidará; sepa pues que le está dando más poder a ese monstruo que se cree un dios, que es el Estado; tú mujer, creerás que te estás “liberando”, pero en realidad te están esclavizando como nunca antes en la historia. 
            Y los hijos de padres divorciados, más allá de las mentiras que digan los “expertos” chantas de siempre, quedarán marcados de por vida, como “hijos de padres divorciados”. Si son niños pequeños, sufrirán más; pero incluso si son ya adultos, también la pasarán muy mal. La verdad profunda de todos los hijos (o casi todos), es que siempre desean que sus padres permanezcan juntos, pase lo que pase; incluso preferirían que uno o ambos de sus padres muriesen, antes que verlos divorciados. Por supuesto, yo mismo prefiero un millón de veces que uno de mis padres se muera, antes de verlos divorciados; y yo mismo, jamás de los jamases me divorciaré, y si mi mujer quisiera divorciarse yo no se lo permitiría bajo ningún concepto y jamás reconocería el “fallo” de ningún juez. Pero claro, eso no me pasará, porque antes de casarme, mi mujer sabrá muy bien que conmigo es hasta la muerte; porque ¡la palabra empeñada es para ser cumplida! 
            Una persona que se divorcia, no tiene palabra; una persona sin palabra, no tiene honor. Y sin honor, no tienes nada. Cuando una persona pierde su propio honor, su propia honra, todo se desvanece; su alma ha quedado vaciada; en realidad, significa que ha vendido su alma al diablo, puesto que recordemos que el juramento del matrimonio canónico católico es ante Dios Todopoderoso, el Creador. Así que divorciarse es burlarse de Dios mismo en su cara; y ¡sabed que nadie que se burla de Dios queda impune! Por ende, todo aquel que se divorcia, para la teología católica, queda excomulgado y su alma va rumbo al fuego del infierno. 
            En definitiva, ese es el objetivo del Estado: destruir la familia, para destruir así al individuo, y quitarle su libertad, ¡su alma! Así podemos concluir en esta sección, que el Estado es un enviado del diablo. 
 
Solución: cómo asegurar un matrimonio permanente y mayormente feliz. 
 
Imagen representativa de un matrimonio que nunca se divorció.

 
 
            Hemos visto entonces que, en Occidente, el divorcio es bastante diferente del divorcio por ejemplo de los musulmanes, puesto que ya de entrada, el planteo del matrimonio es diferente: mientras que para los mahometanos es un simple contrato que puede ser revocado; para nosotros los occidentales cristianos, es un sacramento irrevocable de por vida (se termina con la muerte de uno de los cónyuges). También vimos que el divorcio occidental proviene desde el “matrimonio” civil y es un divorcio que se plantea desde el punto de vista feminista, para que, con el feminismo, el Estado pueda ampliar su poder sobre varones y mujeres; mientras que el divorcio en el islam, se da porque es generalmente el marido quien rechaza a su mujer. 
            Notamos así que, en Occidente, el divorcio es particularmente perjudicial para el varón; y por supuesto, el divorcio incentiva el adulterio, ya que una persona divorciada puede “casarse de nuevo”, lo cual es una aberración. De hecho, un divorciado que se casa de nuevo podría decirse que es todo lo contrario a un viudo que se casa de nuevo. Las mujeres viudas son honorables, los varones viudos son honorables, y por supuesto que—si lo desean y más si son jóvenes—tienen todo el derecho a casarse de nuevo; pero las mujeres divorciadas y los varones divorciados, son todo lo contrario a alguien honorable; son gente sin palabra, y por ende, sin honor. 
            Pero, ¿cómo solucionar todo esto? ¿Cómo asegurar un matrimonio permanente y mayormente feliz? (y con mayormente feliz, me refiero al estado basal que expliqué precedentemente; ya que obviamente la vida no es todo fiesta, júbilo y risas). 
            La respuesta es que antes de tomar una decisión que nos va a afectar para toda la vida, ciertamente primero hay que pensarlo muy bien. Uno no puede tomar una decisión a la ligera, y casarse con cualquier persona que se le cruce por el camino. 
            Como soy tradicionalista, yo soy de la idea de que la mayoría de los matrimonios, preferentemente deben ser arreglados por los padres de los cónyuges, entre familias que son amigas entre sí. Sin embargo, en virtud de las circunstancias actuales eso se ha vuelto muy difícil hoy en día, por el motivo de que sencillamente no sólo es que los padres actuales no se preocupan por procurarles pareja a sus hijos, sino que han llegado al punto de que detestan la tan sola idea de hacerlo. Así mis padres, por ejemplo, nunca me quisieron arreglar matrimonio, por lo cual, yo todavía estoy buscando la pareja más idónea para casarme; cosa difícil en estos tiempos porque la mayoría de las mujeres se han vuelto odiosas feministas o ya “tienen novio” (lo que significa amante de fornicación, es decir, que no son vírgenes, sino usadas por otros). 
            Pero el asunto de conseguir pareja específicamente, no voy a profundizarlo aquí, ya que es un asunto muy complicado y que la verdad que yo mismo no lo tengo muy en claro todavía. Si mis padres no me quieren buscar novia, ¿cómo puedo hacer yo para conseguir una buena novia que sea adecuada para mí? Bajo este contexto difícil de un Occidente podrido y degenerado, la verdad es que se me hace muy complicado encontrar una mujer que me guste y que, a su vez, yo le guste a ella. 
            Así que ahora vamos plantear el caso, de una pareja que ya está casada en legítimo matrimonio: ¿qué debe hacer para asegurar ese matrimonio en buenos términos? 
            Lo primero es que cuando ambos son novios (y “novio” en lenguaje católico, significa amigos románticos, no personas que fornican ni mucho menos que “viven juntas” en concubinato), deben dejar todo bien en claro cada uno de los asuntos, para que después de casados no vengan las sorpresas desagradables. No sólo deben conocerse bien los gustos y costumbres de cada uno, sino que deben especificar claramente los términos del futuro matrimonio; esto es, a qué tareas se dedicará cada uno. Para una familia católica tradicional, ciertamente los varones deben encargarse de mantener a su mujer e hijos, proveyendo de los recursos económicos necesarios, mientras que las mujeres deben encargarse de las tareas domésticas, principalmente cocinar y lavar; y entre ambos padres, deben encargarse de cuidar, criar y también dirigir la educación de sus hijos. La educación de los niños como siempre expreso, debe iniciar por casa, y lo mejor es el homeschooling (educación domiciliaria), ya sea por medio de preceptor o que los mismos padres, enseñen todas las cosas a sus propios hijos (el Estado no debería secuestrar a los niños para adoctrinarlos en su basura ideológica). Por supuesto, esto que yo describo son los términos del matrimonio para los católicos en general; pero los que sean paganos tradicionales o de otras religiones, deberá cada pareja acordar sus propios términos antes de casarse. Lo más importante es que las cosas básicas y fundamentales estén muy claras antes del matrimonio; eso evitará que después surjan problemas innecesarios. 
            Lo segundo, es tener en cuenta algo muy básico y relevante: más allá de que antes de la boda se hayan planificado todos los detalles, como los términos, las dotes, dónde van a vivir, en qué van a trabajar, cómo van a cuidar a los niños, etcétera; se debe tener en cuenta de que siempre surgirán imprevistos y dentro de esos imprevistos, siempre surgirán dificultades. Éstas pueden ser externas o internas con respecto a la familia y a la pareja. Si son externas, ambos cónyuges siempre se deberán reunir para pensar muy bien en conjunto, como resolver todas las situaciones complicadas y al final, el marido cargará sobre sus hombros, tomar la decisión que estime oportuna; y en cuanto a las dificultades internas, éstas se tratan de las divergencias que tendrán entre ambos integrantes de la pareja matrimonial. Por más que ambos cónyuges sean muy unidos e incluso muy parecidos entre sí de pensamientos (obviamente que uno tiene que casarse con una persona que piense más o menos igual; eso es lógica pura), tarde o temprano surgirán divergencias y hay que saberlas tratar con diplomacia y con la mayor calma posible. Ciertamente, habrá algún momento en que uno de los dos o ambos se enojen y se peleen (verbalmente, no físicamente; por favor, ¡seamos personas civilizadas!); así que las personas tienen que ser tolerantes entre sí y tener mucha paciencia el uno con el otro, y no estar siempre procurando enfrentamientos innecesarios. 
            Lo tercero es procurar siempre ser sinceramente condescendiente con la pareja (no condescendiente en su segunda acepción, es decir, no burlándose), es decir, procurar complacer, dar gusto y acomodarse a la voluntad del otro. Ciertamente que, en el matrimonio católico, la mujer debe obedecer a su marido; pero eso no significa que las órdenes del marido tengan por qué ser órdenes molestas, agresivas o que busquen fastidiar a su mujer, sino que, en realidad, al contrario. Además, cuando en el catolicismo se refiere a que el marido es quien debe mandar, eso no significa, por ejemplo, tener a la mujer de sirvienta para que le alcance las cosas en las manos (ni viceversa tampoco, obviamente); sino que lo mejor es que cada uno se alcance sus propias cosas y haga la mayor parte de las cosas por sí mismo. Importunar al otro, con órdenes o con pedidos innecesarios, no son actitudes positivas para la buena armonía familiar. De hecho, lo mismo sirve para los hijos: está bien que los padres les encomienden tareas a sus hijos, pero no tampoco al punto de tenerlos como si fueran sus sirvientes. Yo mismo, si fuera marido no le estaría a cada rato ordenando a mi esposa que me alcanzara un vaso con agua, por ejemplo. Eso me parece una pereza y una tontería; voy y me lo sirvo yo mismo. Lo mismo con un hijo: que los padres no importunen a sus hijos dándoles demasiadas órdenes (me refiero a órdenes sin sentido), ni tampoco que los hijos importunen a sus padres pidiéndoles que les alcancen todo en las manos. Pienso que lo mejor siempre es el individualismo (que, por culpa de este socialismo mugroso, se lo malinterpreta como si fuese “egoísmo”): que cada uno procure hacer sus propias cosas y sea lo más autosuficiente posible. Así, todas las personas son tratadas siempre con el mayor de los respetos, y las disputas familiares son evitadas al máximo. Sucede que cuando las personas comienzan a importunar al otro con demasiadas órdenes, pedidos y en definitiva, intromisiones en su espacio personal, lo terminan irritando; y ahí está el origen de la mayoría de las desarmonías familiares. 
            Es decir, que en definitiva hay que planificar un buen matrimonio antes de casarse y luego de casarse hay que tener mucha tolerancia, diplomacia, condescendencia sincera y/o autosuficiencia individualista de respeto interpersonal. 
                La realidad, es que la mayoría de los matrimonios católicos (y no católicos, pero tradicionales o normales) en gran parte de la historia de la humanidad (antes del advenimiento de este Estado progre moderno), era exitosos porque seguían estas recomendaciones básicas y lógicas: las parejas sencillamente se toleraban más el uno con el otro, y si surgían diferencias, las procuraban resolver a través del diálogo, la compasión, el respeto, el cariño y en definitiva, el amor de convivencia conyugal, el cual lejos de disminuir con el transcurso de los años, se iba incrementando. 
                Las falsas parejas que se forman actualmente, bajo el imperio del divorcio y del feminismo, son parejas que me parece que meramente se basan en pasiones pasajeras, las cuales primero: fornican antes de casarse (algo que es pésimo para el futuro de la pareja) y luego para peor se van a vivir juntos sin estar casados (algo nefasto para el futuro matrimonio); y entonces así, basan su presunto enamoramiento en pasiones pasajeras, y entiendo que en muchos casos, mayormente de índole sexual lujuriosa y no de amor conyugal auténtico. Por eso, pierden el tiempo fornicando en lugar de ocuparse primero en conocerse bien las características personales de cada uno, y luego una vez que ambos descubran que son compatibles, se deberían ocupar de tratar en sus máximos detalles posibles sobre los términos de la unión conyugal. Y luego, por supuesto, después de casados, mucho respeto y compresión mutua, mucha paciencia, mucha calma, mucha tranquilidad, y ahí, el verdadero amor conyugal—uno que al principio del enamoramiento ni siquiera se encuentra presente—irá floreciendo, y luego, con el transcurrir de los años sólo se irá fortaleciendo; y eso, pese a todas las diferencias o peleas que puedan surgir (que surgirán por supuesto, porque nadie es perfecto, y todos tenemos una paciencia limitada; porque no somos perfectos como Cristo Nuestro Señor), las mismas serán siempre superadas, y el amor romántico de pareja sólo se incrementará y vivirán así entonces, basalmente felices el resto de sus vidas. 
                Pero sucede que las personas actuales con sus cerebros atrofiados bajo el influjo progresista, parecen no ser capaces de comprender estos consejos tan sencillos. Eso les sucede porque el Estado los adoctrinó en su falsa doctrina; es decir, que sustituyeron su religión cristiana (con sus principios cristianos), con todas las mentiras del Estado progresista. Y éste, por ejemplo, ¿qué es lo que le enseña a la mujer? Le dice basuras como “tú no tenés por qué soportar ningún atropello de tu marido; ante el primer error, separate y/o denuncialo por violencia doméstica”. Esas son las enseñanzas del Estado: pone un cónyuge contra el otro, pone los hijos contra los padres y viceversa; el Estado hace de todo por separar a la familia. 
            Pero si nosotros hacemos lo contrario a lo que nos quiere imponer el Estado, si nosotros procuramos una pareja seriamente, para una relación seria y de por vida, y nos casamos, y procuramos siempre la estabilidad y armonía familiar, ¡entonces estamos dándole un golpe duro en la cara al dios-Estado! Porque él es el contrario a Cristo; ¿y qué comunión puede haber entre Cristo y Belial? El Estado es la bestia; el Estado odia la unidad y armonía familiar: el Estado odia a la familia. 
            Pero Cristo y su esposa la Iglesia, aman a la familia, y desean que nosotros los seres humanos seamos buenos y nos amemos los unos a los otros, en diversos lazos de amor (en sus distintos tipos) y de hermandad entre los hombres. Dios instituyó la familia, como organización natural, y por ende, debemos honrar al matrimonio, y cuando cada uno de nosotros, tome la decisión de casarnos (quien quiera casarse, evidentemente), debe dar su palabra de honor, que cumplirá con sus votos, y principalmente que nunca se separará de la persona con quien se casó, suceda lo que suceda. Y simplemente, si las personas siguen estos consejos cristianos básicos, tendrán un matrimonio mayormente feliz (basalmente feliz) y armonioso, más allá de todas las mentiras que expresen los “expertos” del Estado para envenenar a la sociedad, destruyendo su base, que es la familia, y la base de ésta que es el matrimonio, y la base de este último que es a su vez, el individuo. Al final, ese individuo libre—hijo de Dios—es a quien la Bestia, es decir, el Estado, querrá atacar, esclavizar y devorar. 
            ¡Resguardaos pues del mal y enfrentad a la bestia! Qué el Señor Cristo bendiga a todas las familias y matrimonios que lo siguen. Digámosle categóricamente “¡no al divorcio!” Y sí, al matrimonio, y sí a la familia, y sí al amor verdadero entre los seres humanos. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario