lunes, 5 de febrero de 2018

¡CUIDADO!: Raúl Miguel de Sursum Corda es un hereje formal y cismático oriental

Captura de pantalla con los insultos de Raúl Miguel de Sursum Corda.
El famoso bloguero Raúl Miguel de Sursum Corda es un conocidísimo y consumado hereje formal que cree en el "bautismo de deseo" y la "salvación por ignorancia invencible", y que abraza el Babel-Kalergi, odiando al nacionalismo católico. 
Por si eso fuera poco, ahora nos enteramos que Raúl Miguel con su nuevo blog llamado "El poder y la gloria" está promoviendo el autoproclamado "cristianismo ortodoxo", es decir, que se ha convertido en un cismático oriental, amante del Tetris, uno de los juegos soviéticos más comunistas que existen: 

Es evidente que Raúl Miguel se ha vuelto un cismático oriental consumado, como puede verse a través de casi todos los enlaces de su blog; recordemos que la Iglesia Ortodoxa Rusa apoyó al comunismo soviético, mientras que éste persiguió virulentamente al catolicismo durante el gobierno de Stalin. 
Raúl Miguel en su artículo llorón critica al Príncipe Nicus, diciendo: 
Nicolás Gonella Neyra que ya mató tres alias y los hizo firmar un libro en contra de mi (que no es el primero que “escribe” y es tan pésimo en su estilo y redacción como todos los anteriores), y que lo ha publicado y difundido, aunque a decir verdad, yo tendría vergüenza de ese mamotreto.
 En primer lugar acusa a Nicolás José Gonella Neyra a "matar" a tres personas, que él los llama "alias", alegando que no usaban sus nombres verdaderos; eso es tremendamente falso y calumnioso: Nicolás Gonella no mató a nadie y Andrés Gustavo Escoti Escanlar y Tom R. Sib NO son ningún "alias", sino que fueron personas de verdad (sus nombres verdaderos), así como lo fueron Frankis von Shubert, Mónica Lucía Salazar Duarte, Silvio Fernando Capiscoconi Matti, Nadia Soldado López, Antonio Manuel Sánchez Hernández, entre otros grandes HÉROES y MÁRTIRES asesinados por el (((gobierno comunista de U-R-GAY))). Cualquier persona que niegue esto, es un atrevido que se burla de nuestros mártires y pagará con el infierno. 
En segundo lugar, Nicolás Gonella sólo ayudó a concretar ese libro póstumo de Andrés Escoti, llamado "Contra la secta raulmiguelista". El libro que Nicolás Gonella escribió en solitario, se llama "El arca de los predestinados", disponible a la venta en Lulú.com.  Hay que destacar, que según nos informan, NINGUNO de esos dos libros fueron leídos por Raúl Miguel, sino que él se limitó a criticar sin leer, como buen ignorante que es; mucho menos puede refutar esos libros, que hasta ahora son irrefutables y dejan por el suelo, las teorías falsas del "bautismo de deseo" y la "salvación por ignorancia invencible". 
En tercer lugar, decir que el estilo de esos libros sea pésimo en redacción, es una opinión proveniente de alguien ignorante que no sabe escribir; pues como decía el gran poeta estadounidense Ezra Pound: "Nunca le hagas caso, a un crítico que no haya escrito ninguna obra notable", como es el caso de Raúl Miguel, que no pasa de un bloguero de cuarta que se contradice a cada rato. Él alega que deberíamos tener "vergüenza" de nuestra obra, pero la verdad que nos llena de orgullo, puesto que está aprobada por Dios mismo, ya que nosotros rechazamos las herejías pelagianas de los bautismos ficticios y la supuesta salvación por ignorancia invencible. ¡Abajo con los pelagianos! ¡VIVA CRISTO REY! 
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Pero esto no es todo, Raúl Miguel es un firma creyente de la psiquiatría, una pseudociencia incompatible con la fe católica; veamos su confesión:
Su querido Guy Doron es nada más ni nada menos que un JUDÍO, que vive en "Israel":
Así que ahí lo tenemos: judío, comunista, cismático oriental, ateos cientificistas, todos se juntan contra la fe católica... A continuación algo sobre la FARSA DE LA PSIQUIATRÍA (fuente: Foro V SUIS):

¿Existe la enfermedad mental?
por Lawrence Stevens, J.D.


Traducido por César Tort, Ciudad de México, México
      Todo diagnóstico y tratamiento en siquiatría, especialmente en siquiatría biologista, presupone la existencia de algo llamado enfermedad mental, conocido también como trastorno mental.  ¿Pero qué se quiere decir exactamente con “enfermedad” o “trastorno”?  Semánticamente, enfermedad (disease en inglés) significa simplemente lo opuesto a tranquilidad o alivio (ease en inglés).  Pero por enfermedad no queremos decir cualquier cosa que perturbe la tranquilidad, ya que tal definición significaría que perder un empleo o los problemas que acarrean las guerras, las depresiones económicas o las riñas con la pareja serían “enfermedades”.  En su libro ¿Es hereditario el alcoholismo? el siquiatra Donald W. Goodwin habla de la definición de enfermedad y concluye:  “Las enfermedades son algo por lo que la gente va a ver doctores...  Se les consulta a los médicos acerca del problema de alcoholismo y por consiguiente el alcoholismo se convierte, por definición, en una enfermedad (Ballantine Books, 1988, p. 61).  De aceptar esta definición — por ejemplo, que por alguna razón la gente consultara a los doctores sobre cómo sacar la economía de la recesión o cómo resolver los problemas conyugales o con una nación vecina —, estos problemas calificarían como enfermedades.  Pero claramente esto no es lo que se quiere decir con “enfermedad”.  En su exposición sobre el significado de enfermedad, el Dr. Goodwin reconoce que existe “una definición más estrecha de enfermedad que requiere de una anomalía biológica” (ibid.).  En este artículo mostraré que no hay anomalías biológicas responsables de las llamadas enfermedades o trastornos mentales porque la enfermedad mental no tiene existencia biológica.  Lo que es más, mostraré que la enfermedad mental tampoco tiene una existencia no biológica, excepto en el sentido que el término se usa para indicar desaprobación de algún aspecto de la mentalidad de la persona.
      La idea que la enfermedad mental es una entidad biológica es fácil de refutar.  En 1988 el Dr. Seymour S. Kety, profesor emérito de neurociencia en siquiatría, y el Dr. Steven Matthysse, profesor asociado de sicobiología, ambos de la Escuela Médica de Harvard, constataron: “una lectura imparcial de la literatura reciente no nos proporciona la esperada clarificación de la hipótesis de la catecolamina, ni provee evidencia persuasiva sobre otras diferencias biológicas que pueden caracterizar los cerebros de pacientes que padecen una enfermedad mental” (La nueva guía Harvard de siquiatría, Harvard Univ. Press, p. 148).  En 1992 un panel de expertos reunidos por la Oficina del Congreso Americano de Evaluación Tecnológica concluyó:  “Muchas preguntas quedan sin contestar acerca de la biología de los trastornos mentales.  De hecho, las investigaciones aún tienen que identificar causas biológicas específicas para cualquiera de estos trastornos...  Los trastornos mentales se clasifican sobre la base de síntomas porque aún no existen signos biológicos o pruebas de laboratorio para ellos” (La biología de los trastornos mentales, U.S. Gov’t Printing Office, 1992, pp. 13 & 46).  En su libro Guía básica sobre medicamentos siquiátricos, el profesor de la Universidad de Columbia, el Dr. Jack M. Gorman dijo: “Realmente no sabemos qué causa cualquier enfermedad siquiátrica” (St. Martin’s Press, 1990, p. 316).  En su libro La nueva siquiatría, otro profesor de la misma universidad, el Dr. Jerrold S. Maxmen, dijo: “Es un hecho no reconocido el que los siquiatras son los únicos especialistas médicos que tratan trastornos que, por definición, no tienen causas o curaciones conocidas... Un diagnóstico debe indicar la causa del trastorno mental, pero como diré posteriormente, como las etiologías de la mayoría de los trastornos mentales es desconocida, los actuales sistemas de diagnóstico no pueden reflejarlos” (Mentor, 1985, pp. 19 & 36, énfasis en el original).  En su libro Siquiatría tóxica, el Dr. Peter Breggin dijo: “no hay evidencia que cualquiera de los trastornos sicológicos o siquiátricos tenga un componente genético o biológico” (St. Martin’s Press, 1991, p. 291).       Algunas veces se dice que el que las drogas siquiátricas “curen” un pensamiento, emociones o conducta que se denomine enfermedad mental, demuestra la existencia de causas biológicas en las enfermedades mentales.  Este argumento es fácilmente refutado.  Supongamos que alguien toca el piano y que no nos guste que lo haga.  Supongamos que lo forcemos a que tome una droga que lo invalide tanto que ya no pueda tocar más.  ¿Probaría eso que su afición musical era causada por una anomalía biológica que fue curada por la droga?  Esta forma de pensar, tan tonta como parece, es común entre los siquiatras.  La mayoría de las drogas siquiátricas (si no es que todas) son neurotóxicas, esto es, producen en mayor o menor grado una incapacitación neurológica generalizada: detienen la conducta que disgusta a algunos, incapacitando tanto a la persona que ya no puede sentirse enojada, infeliz o deprimida.  Pero llamarle a esto “curación” es absurdo, tan absurdo como la extrapolación que la droga le debió haber curado a tal persona una anomalía biológica, misma que causó las emociones o conductas que a algunos les disgustaron.       Cuando son confrontados con la falta de pruebas que la enfermedad mental es una entidad biológica, algunos defensores de tal creencia dirán que las “enfermedades” sí existen y que pueden definirse como tales sin que haya una anomalía biológica que la cause.  La idea de una enfermedad mental como una entidad no biológica requiere de una refutación más extensa que la postura biologista.       Se cree que la gente está enferma mentalmente sólo cuando su pensar, emoción o conducta es contraria a lo que es considerado aceptable, es decir, cuando a otros (o a los pacientes mismos) no les gusta algo acerca de ellos.  Una manera de ver el absurdo de llamarle a una cosa enfermedad, no porque haya anomalía biológica sino porque algo nos disgusta en una persona, es observar cómo difieren los valores de una cultura a otra y cómo cambian con el tiempo.       En su libro La sicología de la autoestima, el sicólogo Nathaniel Branden escribió:  “Una de las tareas de la sicología es proveer definiciones para salud mental y enfermedad mental...  Pero no existe acuerdo general entre sicólogos y siquiatras sobre la naturaleza de éstas; no hay ni definiciones aceptadas ni un parámetro para comparar un estado sicológico con otro.  Muchos escritores dicen que es imposible establecer definiciones o estándares básicos, esto es, un concepto universal de salud mental.  Estos escritores aseveran que debido a que una conducta es considerada normal y saludable en una cultura, pero neurótica o aberrante en otra, todo es una cuestión de prejuicios culturales.  Quienes mantienen esta posición insisten que lo más que uno puede hacer es definir la salud mental como el acato a las normas culturales, declarando que el hombre está sicológicamente sano en la medida en que esté adaptado a su cultura...  La pregunta obvia que surge ante tal definición es ¿qué pasa si los valores y normas de una sociedad dada son irracionales?  ¿Puede la salud mental consistir en estar adaptado a tal irracionalidad?  ¿Qué decir de la Alemania nazi, por ejemplo?  ¿Es un empleado del estado nazi que se siente sereno y feliz en tal régimen un caso de salud mental?” (Bantam Books, 1969, pp. 95s, énfasis en el original).  El Dr. Branden dijo aquí muchas cosas.  Primero, confundió la moralidad con la racionalidad, diciendo que el respeto a los derechos humanos es racional cuando, de hecho, no es una cuestión de racionalidad sino más bien de moralidad.  Además de ser incapaz de ver la diferencia, el Dr. Branden confiesa sus valores: que el respecto a los derechos humanos es bueno y que la violación de los mismos (como en el nazismo) es malo.  Pero luego dice: violar estos valores es “irracional” o enfermedad mental.  Aunque los practicantes de siquiatría y de sicología “clínica” no lo admitirán, estas disciplinas tratan esencialmente de valores — valores ocultos bajo la manta de un lenguaje que hace que nos parezca que no son valores sino que se habla de promover la “salud”.  Mi respuesta al Dr. Branden es la siguiente:  Una persona que viva en la Alemania nazi y que esté bien adaptado a la misma anteriormente era considerado “mentalmente sano” por esa sociedad, pero si lo juzgamos con los valores de una sociedad que respeta los derechos humanos estaba “enfermo”, como el resto de su cultura.  Sin embargo, alguien como yo añadiría que tal persona estaba moralmente “enferma” reconociendo que la palabra no tiene sino un significado metafórico.  Para alguien como el Dr. Branden, que cree en el mito de la enfermedad mental, esa persona está literalmente enferma y necesita de un doctor.  La diferencia es que yo reconozco mis valores por lo que en realidad son: moralidad.  Es común que un creyente en el concepto de enfermedad mental, como el Dr. Branden en el citado pasaje, tenga los mismos valores que los míos pero que los confunda con el concepto de salud.       Uno de los casos que mejor ejemplifica lo dicho arriba es el del homosexualismo. Hasta 1973 éste fue definido oficialmente como enfermedad mental por la Asociación Psiquiátrica Americana, pero no a partir de ese año.  La homosexualidad estaba definida como trastorno mental en la página 44 del texto de referencia DSM-II: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (segunda edición), publicado en 1968.  En ese libro la homosexualidad es categorizada como “desviación sexual” en la citada página.  En 1973 la Asociación Psiquiátrica Americana votó para remover la homosexualidad de sus categorías diagnósticas de enfermedades mentales (véase “Una curación instantánea” en la revista Time del 1 abril 1974, p. 45.)  De manera que cuando la tercera edición del DSM se publicó en 1980, observó que “en sí misma, la homosexualidad no es una enfermedad o trastorno” (p. 282).  La edición de 1987 del Manual Merck de diagnóstico y terapia dice:  “La Asociación Psiquiátrica Americana ya no considera a la homosexualidad una enfermedad siquiátrica” (p. 1495).  Si la enfermedad mental fuera realmente una enfermedad en el mismo sentido que las enfermedades físicas, la idea de descalificar a la homosexualidad o cualquiera otra mediante el voto sería tan absurdo como que un grupo de médicos descalifiquen el cáncer o la diabetes de la categoría de enfermedad.  Pero la enfermedad mental no es una enfermedad como las otras.  A diferencia de las enfermedades físicas donde hay hechos físicos que tratar, las “enfermedad” mental es completamente una cuestión de valores, de lo correcto y lo equivocado, de lo apropiado y lo inapropiado.  En otro tiempo la homosexualidad parecía tan extraña y difícil de entender que fue necesario invocar el concepto de enfermedad mental para explicarla.  Pero una vez que los homosexuales se movilizaron, mostraron su fuerza numérica y demandaron al menos cierta aceptación social, ya no se consideró apropiado explicar la homosexualidad como una enfermedad.       Un caso que se refiere a diferentes culturas es el del suicidio.  En muchos países como Estados Unidos y la Gran Bretaña una persona que se suicida, que intente hacerlo o que piense seriamente en el suicidio es considerada mentalmente enferma.  Sin embargo, esto no siempre ha sido así en la historia, ni siquiera en toda cultura contemporánea.  En su libro ¿Por qué el suicidio? el sicólogo Eustace Chesser señala:  “Ni el hinduismo ni el budismo mantienen objeciones intrínsecas al suicidio, y en algunas formas de budismo se considera meritoria la autoincineración”.  También señala que “Los celtas se burlaban de esperar la vejez.  Creían que los que se suicidaban antes de perder sus facultades se iban al cielo, y que los seniles que morían de enfermedad se iban al infierno — una interesante inversión de la doctrina cristiana” (Arrow Books Ltd., 1968, pp. 121s).  En su libro Luchando contra la depresión, el sicólogo Harvey M. Ross señala:  “Algunas culturas esperan que la esposa se eche a la pira funeral de su esposo” (Larchmont Books, 1975, p. 20).  Probablemente el mejor ejemplo de una sociedad donde el suicidio es aceptado socialmente es el Japón.  En lugar de considerar el hara-kiri como resultado de una enfermedad mental, en algunas circunstancias los japoneses lo consideran normal y aceptable, como cuando salvaguardan su honor o si un japonés es humillado por algún fracaso.  Otro ejemplo que muestra que para los japoneses el suicidio es considerado normal, y no algo loco, fueron los pilotos kamikaze que en la segunda guerra mundial se usaron contra la marina norteamericana.  Se les daba suficiente combustible para un viaje de ida, una misión suicida, donde localizaban a las fuerzas navales americanas y deliberadamente estrellaban sus aviones en los barcos enemigos.  Nunca ha habido un kamikaze americano, o cuando menos ninguno promovido oficialmente por el gobierno de Estados Unidos.  La razón de esto radica en las diferentes actitudes hacia el suicidio en este país y el Japón.  ¿Puede cometerse el suicidio sólo por personas con enfermedades siquiátricas en Estados Unidos y por personas normales en Japón?  ¿O es la aceptación del suicidio en Japón un fallo de ver anomalías sicológicas en una persona?  ¿Estaban los pilotos kamikaze mentalmente enfermos, o simplemente provenían de valores diferentes a los nuestros?  Pero incluso en los Estados Unidos ¿no se realizan actos virtualmente suicidas para salvar a otros soldados o al propio país durante guerras, y no se les considera enfermedad sino valentía?  ¿Por qué creemos que éstos son héroes y no lunáticos?  Parece que condenamos (o “diagnosticamos”) a los suicidas como locos o enfermos sólo cuando terminan sus vidas por razones egoístas (como “¡Es que ya no puedo más!”) más bien que cuando benefician a otros.  El punto en cuestión parece ser éste y no el suicidio.       Lo que demuestran estos ejemplos es que la “enfermedad mental” es simplemente el desviarse de lo que la gente quiere o espera en una sociedad en particular.  La “enfermedad mental” es cualquier cosa en una mentalidad humana que ocasione gran disgusto en otra persona que lo describe así.       Esta situación puede resumirse en lo dicho en un artículo de la revista OMNI (noviembre 1986):  “Los trastornos vienen y se van.  Incluso el concepto de Sigmund Freud sobre la neurosis se abandonó en el DSM-III original (1980).  Y en 1973 los miembros de la Asociación Psiquiátrica Americana votaron para borrar todas las referencias de la homosexualidad como trastorno.  Antes del voto, el ser gay era considerado un problema.  Después del voto el trastorno se relegó a la bodega de antigüedades siquiátrica.  ‘Es una cuestión de moda’ — dijo el Dr. John Spiegel de la Universidad de Brandeis, quien fue presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana en 1973 cuando el debate sobre la homosexualidad tuvo lugar —.  ‘Y las modas cambian’” (p. 30).        Lo que está mal con este enfoque es decir que alguien tiene una “enfermedad” siquiátrica sólo porque él o ella no encaja en el cuadro del supuesto diagnosticador o con las ideas de otros sobre cómo “debe ser” respecto a los estándares de vestirse, conducta, pensamiento u opinión.  Claro, cuando esto involucra violar los derechos de otros, el no acatarse a las normas o valores sociales debe detenerse por medio de la ley.  Pero el llamarle a una conducta que no nos gusta “enfermedad”, o el suponer que debe estar causada por una enfermedad sólo porque es inaceptable para los valores actuales, carece de sentido.  Nosotros le llamamos así porque no conocemos las verdaderas razones del pensamiento, emociones o conducta que nos desagradan.  Cuando no entendemos estas razones, creamos mitos para dar una explicación.  En siglos anteriores la gente usó mitos como espíritus malignos o posesiones demoniacas para explicar un pensamiento o conducta inaceptables.  Actualmente la mayoría de nosotros creemos en el mito de la enfermedad mental.  Creer en entidades mitológicas como espíritus malignos o enfermedades mentales nos da la ilusión de que creer el mito es más reconfortante que reconocer nuestra ignorancia.       El llamar al pensamiento, emociones o conducta inaceptables una enfermedad mental podría perdonarse si el concepto “enfermedad mental” fuera un mito útil, pero no lo es.  En lugar de ayudarnos a entender cómo tratar a gente con problemas, o a gente problemática, el mito de la enfermedad mental nos distrae de los problemas reales que requieren enfrentarse.  En vez de estar causados por “desequilibrios químicos” u otros problema biológicos, el desacato a las normas y las reacciones emocionales que les llamamos enfermedades mentales son el resultado de dificultades que la gente tiene para satisfacer sus necesidades, y también tal conducta es resultado de lo que esta gente ha aprendido en sus vidas.  La solución es enseñarle a la gente cómo satisfacer sus necesidades, cómo comportarse y usar cualquier posición que tengan en la sociedad para forzar a otros a respetar sus derechos.  Éste es un trabajo de educación y de vigencia de la ley, no de medicina o de terapias.

EL AUTOR, Lawrence Stevens, es un abogado cuya práctica incluye representar a “pacientes” siquiátricos.  Ha publicado una serie de folletos acerca de varios aspectos de la siquiatría incluyendo las drogas siquiátricas, el electroshock y la sicoterapia.  Sus folletos no están registrados en las oficinas de derechos de autor.  Se te invita a sacarles copias para distribuirlas a aquellos que creas que se puedan beneficiar.

Actualización de 1996
“... la siquiatría moderna aún tiene que probar convincentemente la causa genética/biológica de cualquier enfermedad mental” dice el Dr. David Kaiser en Una observación contra la siquiatría biologista (artículo que aparece en este sitio web).
Actualización de 1997
“Realmente no sabemos qué causa la enfermedad siquiátrica” escribió el Dr. Jack M. Gorman, profesor de siquiatría en la Universidad de Columbia, en su libro Guía básica sobre medicamentos siquiátricos, Tercera edición (St. Martin’s Press, 1997, p. 314).  El mismo comentario en la edición de 1990 se citó en el artículo de arriba ¿Existe la enfermedad mental? Actualización de 1998
“Contrariamente a lo que se afirma, no se han encontrado trazos bioquímicos, anatómicos o funcionales que distingan los cerebros de los pacientes mentales [de los normales]” escribió el Dr. Elliot S. Valenstein, profesor emérito de sicología y neurociencia en la Universidad de Michigan en su libro Culpando al cerebro: la verdad acerca de las drogas y la salud mental (The Free Press, 1998, p. 125). “... no existen criterios externos de validación para los diagnósticos siquiátricos.  No hay pruebas de sangre ni lesiones anatómicas específicas para ninguno de los principales trastornos siquiátricos”, escribió el Dr. Loren R. Mosher, un siquiatra que renunció a la Asociación Psiquiátrica Americana, en una carta fechada el 4 de diciembre de 1998. Actualización de 1999
“...de los cinco a seis millones de niños que toman estas drogas [por “hiperactividad”], todos son normales.  El país ha sido llevado a creer que cada emoción molesta es una enfermedad mental, y quienes dirigen la Asociación Psiquiátrica Americana saben muy bien que la están promoviendo como enfermedad cuando no hay información científica que confirme cualquier enfermedad mental dijo el neurólogo Fred Baughman, según una cita de la revista Insight (28 de junio, 1999, p. 13; las itálicas fueron añadidas). “... no hay evidencia de que enfermedades mentales como el ADHD existan” dijo el siquiatra Peter Breggin en la revista Insight (ibid.).  “ADHD” son las siglas en inglés del llamado “trastorno de hiperactividad y de déficit de atención”. -----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Dijo Nicolás Gonella, en su refutación a la secta Loganiana:
(...) Creer en la existencia de “enfermedades mentales” es negar la culpabilidad del pecado en ciertas personas con supuestos “problemas mentales”. La psicología es la disciplina filosófica que estudia el alma y no es una ciencia empírica, que estudie algo natural y palpable, sino que es una ciencia que estudia claramente algo sobrenatural: el alma; los “psicólogos” modernos positivistas no pasan de unos farsantes, que niegan la existencia del alma y pretender sustituir a la misma por un vago concepto de “mente” (definido de las más variopintas maneras, dependiendo de las diversas “corrientes psicológicas”, como psicoanálisis, estructuralismo, conductismo, etcétera).
Fuente de cita: Foro V SUIS.
El Papa Pío IX CONDENÓ al naturalismo, diciendo:
El naturalismo  
   En efecto, os es perfectamente conocido, Venerables Hermanos, que hoy no faltan hombres que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar que el mejor orden de la sociedad pública y el progreso civil demandan imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin que tenga en cuenta la Religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera Religión y las falsas. Además, contradiciendo la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que el mejor gobierno es aquel en el que no se reconoce al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija; y como consecuencia de esta idea absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de feliz memoria, delirio(4) a saber: que la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad, ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma.
Fuente de cita: Encíclica Quanta cura.

Pío XII: el positivismo jurídico.





El pensamiento del hombre moderno, del hombre que ha renegado de Dios (o lo hizo a su medida, lo cual es esencialmente lo mismo), lo ha llevado a creer en que él, por sí mismo, puede hacer las leyes a su medida prescindiendo totalmente de toda ley moral objetiva fuera del sí mismo. Tal error filosófico se lo llama positivismo jurídico. Este error, ha llevado a que los hombres hagan las leyes según conveniencias políticas y económicas de poder, generalmente guiados por la ambición y la soberbia, ha conducido al poder legislativo hasta la locura de legalizar crímenes como el aborto y leyes la contra la misma naturaleza humana, como ocurre en las llamadas “uniones” entre personas del mismo sexo o “matrimonio” homosexual.

EL POPSITIVISMO JURÍDICO
Estrechamente ligada con el estatismo se halla la doctrina del positivismo jurídico, que quita al derecho su verdadera base: la ley divina natural y positiva, y pretende reemplazarla por la voluntad del legislador. El Santo Padre, en varias ocasiones, lo de­nunció e hizo notar las funestas consecuencias a que conduce. Así, en 1949 realizó un penetrante análisis del mismo, señalando su origen y su actual vinculación con el totalitarismo, y hacien­do referencia, además, a los procesos contra los “criminales de guerra”.
Las causas de tales crisis [en la administración de la justicia] han de buscarse principalmente en el positivismo jurídico y en el absolutismo del Estado; dos manifestaciones que a su vez de­rivan y dependen una de otra. En efecto, sustraída al derecho su base constituida por la ley divina natural y positiva, y por lo mismo inmutable, no queda sino fundarlo sobre la ley del Estado como norma suprema, y he aquí puesto el principio del Estado absoluto. A su vez este Estado absoluto buscará necesariamente someter todas las cosas a su arbitrio y, especialmente, hacer servir el mismo derecho a sus propios fines. [... ]
En el campo de la acción humana consciente del bien y del mal, del precepto, del permiso y de la prohibición, la voluntad ordenadora del Creador se manifiesta mediante el mandato mo­ral de Dios inscripto en la naturaleza y en la revelación, y tam­bién mediante el precepto o la ley de la legítima autoridad hu­mana en la familia, en el Estado y en la Iglesia. Si la actividad humana se regula y se dirige según esas normas, permanece por sí misma en armonía con el orden universal querido por el Creador.
En esto encuentra su respuesta la cuestión del derecho verda­dero y falso. El simple hecho de ser declarado por el poder le­gislativo norma obligatoria del Estado, tomado sólo y por sí, no basta para crear un verdadero derecho. El “criterio del sim­ple hecho” vale sólo para Aquél que es el autor y la regla so­berana de todo derecho, Dios. Aplicarlo al legislador humano indistinta y definitivamente, como si su ley fuese la norma suprema del derecho, es el error del positivismo jurídico en el sen­tido propio y técnico de la palabra; error que está en la base del absolutismo del Estado y que equivale a una deificación del mismo Estado.
El siglo XIX es el gran responsable del positivismo jurídico. Si sus consecuencias han tardado en hacerse sentir con toda su gra­vedad en la legislación, se debe al hecho de que la cultura es­taba aún impregnada por el pasado cristiano y a que los repre­sentantes del pensamiento cristiano podían todavía, casi en todas partes, hacer oír su voz en las asambleas legislativas. Debía venir el Estado totalitario de sello anticristiano, el Estado que —por principio o al menos de hecho— rompía todo freno ante el su­premo derecho divino, para revelar al mundo la verdadera faz del positivismo jurídico.
Hay que volver muy atrás en la historia para encontrar un así llamado “derecho legal”, que despoja al hombre de toda dig­nidad personal; que le niega el derecho fundamental a la vida y a la integridad de sus miembros, refiriendo una y otra al ar­bitrio del partido y del Estado; que no reconoce al individuo el derecho al honor y al buen nombre; que discute a los padres el derecho sobre sus hijos y el deber de su educación; que, sobre todo, considera el reconocimiento de Dios, supremo Señor, y la dependencia del hombre hacia El cómo sin interés para el Es­tado y la comunidad humana. Este “derecho legal”, en el sen­tido expuesto, ha dislocado el orden establecido por el Creador; ha llamado al desorden orden, a la tiranía autoridad, a la escla­vitud libertad, al delito virtud patriótica.
Tal era y tal es aún, debemos decirlo, en algunos lugares, el “derecho legal”. Todos hemos sido testigos del modo cómo al­gunos, que habían obrado según este derecho, han sido después llamados a rendir cuentas ante la justicia humana. Estos procesos no sólo han entregado a verdaderos criminales a la suerte que merecían; han demostrado también la intolerable condición a que puede ser reducido, por una ley del Estado completamente dominada por el positivismo jurídico, un funcionario público que, por su naturaleza y librado a sus sentimientos, habría sido un hombre probo.
Se ha observado cómo, según los principios del positivismo ju­rídico, aquellos procesos habrían debido concluir en otras tantas absoluciones, aun en los casos de delitos que repugnan al senti­miento humano y llenan de horror al mundo. Los acusados se encontraban, por así decirlo, cubiertos por el “derecho vigente”. ¿De qué eran culpables, sino de haber hecho lo que este de­recho prescribía o permitía?
No pretendemos ciertamente excusar a los verdaderos culpa­bles. Pero la mayor responsabilidad recae sobre los profetas, so­bre los propugnadores, sobre los creadores de una cultura, de un poder del Estado, de una legislación, que no reconoce a Dios y sus derechos soberanos. Dondequiera que estos profetas estaban o están todavía actuando, debe surgir la renovación y la restau­ración del verdadero pensamiento jurídico.
Es necesario que el orden jurídico se sienta nuevamente ligado al orden moral, sin permitirse traspasar los confines de éste. Aho­ra bien, el orden moral está esencialmente fundado en Dios, en su voluntad, en su santidad, en su ser. Incluso la más profunda o más sutil ciencia del derecho no podría indicar otro criterio para distinguir las leyes injustas de las justas, el simple derecho legal del verdadero  derecho, que aquel perceptible con la sola luz de la razón en la naturaleza de las cosas y en el mismo hom­bre, el de la ley escrita por el Creador en el corazón humano (cfr. Rom., 2, 14-15) y confirmada expresamente por la revela­ción. Si el derecho y la ciencia jurídica no quieren renunciar a la única guía capaz de mantenerlos en el recto camino, deben reconocer las "obligaciones éticas" como normas objetivas váli­dos también para el orden jurídico.
(Alocución a la Sacra Romana Rota, 13 noviembre 1949.)
También mostró el Sumo Pontífice la coincidencia de criterio que en esta materia existe entre dos concepciones políticas apa­rentemente opuestas, cuales son el liberalismo y el totalitarismo.
Por su actitud acerca de la opinión pública, la Iglesia se colo­ca como una barrera en frente del totalitarismo, el cual, por su misma naturaleza, es necesariamente enemigo de la verdade­ra y libre opinión de los ciudadanos. En efecto, es por su mis­ma naturaleza por lo que rechaza este orden divino y la relativa autonomía que éste reconoce a todos los dominios de la vida, en cuanto que tienen su origen en Dios.
Esta oposición se ha afirmado de nuevo manifiestamente con ocasión de los dos discursos en que Nos quisimos recientemente hacer luz sobre la posición del juez respecto a la ley[1]. Nos hablábamos entonces de las normas objetivas del derecho, del derecho divino natural, que garantiza a la vida jurídica de los hombres la autonomía requerida por una viva y segura adapta­ción a las condiciones de cada tiempo. Que los totalitarios no nos hayan comprendido, ellos para quienes la ley y el derecho no son más que instrumentos en las manos de los círculos dominan­tes, Nos lo esperábamos ya. Pero comprobar las mismas incom­prensiones de parte de ciertos medios que por largo tiempo se ha­bían constituido como campeones de la concepción liberal de la vida, que habían condenado a hombres por el solo pecado de sus relaciones con leyes y preceptos contrarios a la libertad, he ahí algo que es muy para sorprendernos. Porque, en fin, que el juez al pronunciar la sentencia se sienta atado por la ley positiva y obligado a interpretarla fielmente, no hay en ello nada incom­patible con el reconocimiento del derecho natural; más aún, es una de sus exigencias. Pero lo que no se podría legítimamen­te conceder es que este vínculo sea anudado exclusivamente por el acto del legislador humano de quien emana la ley. Esto sería reconocer a la legislación positiva una seudomajestad que no se diferenciaría en nada de la que el racismo o el nacionalismo atribuía a la producción jurídica totalitaria, poniendo bajo sus pies los derechos naturales de las personas físicas y morales.
(Alocución al I Congreso Internacional de la Prensa Católica, 17 febrero 1950.)
El positivismo jurídico puede dar base a los peores excesos, como lo demuestra la historia antigua y reciente.
El positivismo jurídico extremo no se puede justificar ante la razón. Representa el principio: “El derecho abarca todo cuanto está establecido como “derecho” por el poder legislativo en la comunidad nacional o internacional, y nada más que eso, inde­pendientemente por completo de cualquier exigencia fundamental de la razón o de la naturaleza”. Si se va a la aplicación de es­te principio, nada puede impedir que un contrasentido lógico y moral, la pasión desencadenada, los caprichos y la violencia bru­tal de un tirano y de un criminal lleguen a constituir “el dere­cho”. La historia, como se sabe, nos proporciona más de un ejemplo de  esta   posibilidad   que ha  llegado  a   ser  realidad.
(Alocución a los miembros del Congreso de Derecho Penal Internacio­nal, 3 octubre 1953.)
Citas tomadas de la obra de César H. Belaúnde, “La política en el pensamiento de Pío XII”, EMECÉ editores, Buenos Aires, 1962, págs. 138-142.


[1] Se trata de la alocución a la Sacra Romana Rota, ya citada, y de otra a los participantes en el Congreso de la Unión de Juristas Cató­licos Italianos, el 6 de noviembre de 1949. En esta última el Papa se refirió a la aplicación judicial de leyes injustas.
Fuente: Stat VeritasForo V SUIS.
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Ahora parece que Raúl Miguel se ha retirado de Blogger; esperemos que para siempre. 

3 comentarios:

  1. Volvió y tenemos que unirnos para que se vaya para siempre. Su nuevo blog es sursumcordablog2.blogspot.com

    Ahora además de ortodoxo ruso parece que es filoanglicano

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  2. Anónimo: ¿Quién eres anónimo? Yo me enteré recién que regresó Raúl Miguel. ¿Qué propones para que se vaya para siempre?
    Lo único que podemos hacer, es evidenciar que él faltó con su palabra...
    Lorenzo Carrera: No sé qué puedan hacer los anónimos, no sé quiénes fueron los que amenazaron de muerte a Raúl Miguel, pero sea quien fuera, condeno esos actos. Tenemos que ir con la verdad, no con la violencia. Raúl Miguel es un deshonesto y mentiroso, y hay que desenmascararlo como tal.
    Yo me doy cuenta de que Raúl Miguel es alguien que cree saber mucho, pero no tiene idea de nada realmente. Anda más perdido que rengo en tiroteo.

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